
El juicio de Jacobo y el peso de las obras ante Dios
«Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Oh Señora, Intercesora, Mediadora, Consoladora nuestra, con tu Hijo reconcílianos, a tu Hijo encomiéndanos, a su cuidado déjanos. Amén».
— La oración más antigua a la Virgen, siglo III.
Cómo la devoción a la Virgen salvó a un alma de la avaricia
Si aun los que han procurado enmendarse con tiempo tiemblan en la hora de la muerte, ¿qué será de aquellos que dejan la conversión para ese terrible trance?
Hubo un hombre llamado Jacobo, tan solícito de sus intereses temporales como descuidado en el negocio de la salvación. A su avaricia se sumaban otros vicios; sin embargo, conservaba una sola buena cualidad: era devoto de la Virgen y rezaba el Rosario diariamente. Un día, al entrar en su oratorio, oyó una voz:
—Jacobo, tú que tomas cuentas a tus domésticos tan menudamente, dámelas ahora …